Domingo, 21 Diciembre 2014 02:00

Samata y Vipasana

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SAMATA Y VIPASANA [1]

En el budismo, en el hinduismo y en el taoísmo existen cientos de prácticas de meditación y miles de enseñanzas, pero si yo quisiera ahora empezar a meditar querría que me enseñaran samata y después vipasana.

Samata es una palabra en sánscrito que se traduce por calma mental, es una práctica que te ayuda a desarrollar la concentración y a adquirir calma mental. Es muy importante haber desarrollado algo de concentración y de calma mental antes de trabajar con otras prácticas como Vipasana o Dzogchen, y creo que será importante con cualquiera con la que después decidas trabajar.

Vipasana se traduce por visión clara o visión cabal, esta ya sí es una práctica de transformación de la mente.

Estas dos prácticas, junto con la práctica de Meta o amor incondicional, es lo que se práctica en el budismo theravada, el budismo más antiguo. Pero Samata y Vipasana también son prácticas del budismo tibetano.

Sogyal Rimpoché

Y qué explicación tan maravillosa, concreta y clara, hace Sogyal Rimpoché de estas dos prácticas en su libro “EL LIBRO TIBETANO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE”

Para aprender estas meditaciones necesitas alguien que las conozca bien para que pueda enseñarte, pero tanto si ya las has practicado como si no has tenido oportunidad todavía, que esclarecedoras son estas palabras de Sogyal Rimpoché:

LA MENTE EN LA MEDITACIÓN

¿Qué debemos “hacer” entonces con la mente durante la meditación? Nada en absoluto. Dejadla, sencillamente, tal como es. Un maestro describió la meditación como “la mente suspendida en el espacio en ninguna parte”. 

Hay un dicho muy conocido: “La mente es espontáneamente dichosa si no se la fuerza, lo mismo que el agua, si no es agitada, es de por sí transparente y clara”. Suelo comparar la mente en meditación con un jarro de agua fangosa: cuanto más dejemos el agua sin tocarla ni removerla, más se hundirán hacia el fondo las partículas de tierra, permitiendo que se manifieste la claridad natural del agua. La propia naturaleza de la mente es tal que si la dejáis simplemente en su estado inalterado y natural, encontrará de nuevo su verdadera naturaleza, que es dicha y claridad.

Procurad , pues, no imponer nada a vuestra mente ni forzarla. Cuando meditéis no os esforcéis en controlar; tampoco intentéis sentiros en paz. No seáis excesivamente solemnes, ni os comportéis como si estuvierais participando en un rito especial. Desprendeos incluso de la idea de que estáis meditando. Dejad que vuestro cuerpo permanezca tal como está y vuestra respiración tal como la encontréis. Imaginaos que sois el cielo, que contiene todo el universo.

MORAR EN CALMA Y LA VISIÓN CLARA

La disciplina de la práctica de morar en calma consiste en traer una y otra vez la mente de vuelta al objeto de la meditación, por ejemplo, a la respiración. Si de repente estáis distraídos, en el preciso instante en que os dais cuenta de ello simplemente traéis vuestra mente de vuelta a la respiración. No debéis hacer nada más. Incluso preguntarse “¿Cómo es posible que me haya distraído tanto? No es más que una distracción adicional. La simplicidad de la atención, que consiste en traer una y otra vez la mente de vuelta a la respiración, la apacigua progresivamente. Poco a poco, la mente se sosegará en la mente misma.

A medida que perfeccionéis esta práctica y os volváis uno con la respiración, ésta, en cuanto objeto de atención de vuestra práctica, acaba por disolverse y os encontráis reposando en el instante presente. Éste es el estado en el que uno permanece centrado en un solo punto, que representa el fruto y el objetivo de shamatha, o de morar en calma. Permanecer en el instante presente y en la quietud es una excelente realización, pero volvamos al ejemplo del vaso de agua turbia: si no agitáis el agua, la suciedad se depositará en el fondo y todo se volverá claro, pero seguirá ahí, en el fondo. Si un día agitáis el agua nuevamente, la suciedad volverá a aparecer. Mientras cultivéis la quietud, aun disfrutando de una sensación de paz, cada vez que vuestra mente se vea perturbada los pensamientos engañosos harán su aparición de nuevo.

Permanecer en el instante presente de morar en calma no puede conducirnos al despertar ni a la liberación. El instante presente se convierte en un objeto muy sutil y la mente que permanece en el instante presente se convierte en un sujeto sutil. Mientras sigamos en el terreno de la dualidad del sujeto y del objeto, la mente permanecerá en el mundo conceptual ordinario del samsara.

A través de la práctica de morar en calma, nuestra mente se asienta en un estado de paz y encuentra una profunda estabilidad. Al igual que la imagen de una cámara fotográfica se vuelve nítida al enfocarla, el estar centrado en un solo punto que aporta el morar en calma permite que se manifieste una creciente claridad de la mente. A medida que los oscurecimientos se eliminan, y se disuelven el ego y su tendencia a aferrar, la “visión clara”, o “visión profunda”, se manifiesta. Su nombre es vipashyana en sánscrito y lhaktong en tibetano. Llegados a este punto, dejáis de necesitar estar anclados en el instante presente, y podéis progresar, yendo incluso más allá de vosotros mismos en esta apertura, en “la sabiduría que comprende la ausencia del ego”. Esto es lo que arranca de cuajo la ilusión y os libera del samsara.

A medida que profundizáis en ella, esta visión clara os conduce a una experiencia de la naturaleza intrínseca de la realidad y de la naturaleza de vuestra mente. Cuando los pensamientos y las emociones parecidos a las nubes se disipan, la naturaleza de la mente semejante al cielo se pone al descubierto y, al igual que lo hace el sol, brilla nuestra naturaleza de buda. Y así como el sol desprende luz y calor, la naturaleza más profunda de la mente irradia sabiduría o una compasión amorosa. El aferramiento a un yo erróneo, el ego, se ha disuelto, y sencillamente reposamos, tanto como nos sea posible, en la naturaleza de la mente, ese estado totalmente natural desprovisto de referencias y de conceptos, de expectativas y de miedos, y con una confianza tranquila e inmensa, la forma de bienestar más profunda que uno pueda llegar a imaginar.

UN EQUILIBRIO DELICADO

En la meditación, como en todas las artes, debe darse un delicado equilibrio entre la relajación y la vigilancia. En cierta ocasión, un monje llamado Shrona   estudiaba meditación con uno de los discípulos más próximos de Buda. A Shrona le costaba encontrar la actitud mental adecuada: intentaba concentrarse con todas sus fuerzas, pero sólo conseguía que le doliera la cabeza; después lograba relajar su mente, pero la relajaba tanto que se quedaba dormido. Finalmente, le pidió ayuda al Buda. Sabiendo que Shrona había sido un músico célebre antes de hacerse monje, el Buda le preguntó:

_¿No tocabas la vina cuando eras laico?
Shrona asintió.
_¿Y cómo obtenías el mejor sonido de tu vina? ¿Cuando las cuerdas estaban muy tensas o cuando estaban muy flojas?
_De ninguna de las dos maneras. Cuando tenían la tensión justa, ni demasiado tensas ni demasiado flojas.
_Pues bien, con tu mente sucede exactamente lo mismo.

Una de las maestras más grandes, de entre las numerosas maestras espirituales de Tíbet, Ma Chik Lap Drön, decía: “Alerta, alerta; pero relajado, relajado. Éste es un punto crucial para la visión en meditación”. Despertad, pues, vuestra vigilancia, pero al mismo tiempo permaneced relajados, tan relajados, en realidad, que ni tan siquiera penséis en la idea de la relajación.

PENSAMIENTOS Y EMOCIONES: LAS OLAS DEL OCÉANO

Las personas que empiezan a meditar suelen decir que sus pensamientos se alborotan, que se vuelven más indómitos que nunca. Pero yo las tranquilizo diciéndoles que ésa es una buena señal. Lejos de significar que vuestros pensamientos se han vuelto más frenéticos, esto demuestra que vosotros os habéis vuelto más serenos y que por fin sois conscientes de lo ruidosos que han sido siempre vuestros pensamientos. No os desaniméis no os rindáis. Surja lo que surja, sencillamente permaneced presentes y seguid volviendo a la respiración, aunque os encontréis en plena confusión.

En las antiguas instrucciones sobre la meditación, se dice que al principio los pensamientos llegan uno tras otro ininterrumpidamente, como el agua de una cascada que cae por la escarpada pendiente de una montaña. A medida que progresáis en la práctica de la meditación, los pensamientos se parecen más al agua de un torrente que discurre por una profunda y estrecha garganta; después al agua de un río ancho y caudaloso que avanza lentamente hacia el mar, y, finalmente, la mente se parece a un océano, tranquilo y sereno, agitado sólo por alguna que otra onda u ola. 

Algunas personas piensan que cuando meditan no deberían tener ningún pensamiento ni ninguna emoción, y cuando éstos surgen, se preocupan y se irritan consigo mismas creyendo que han fracasado. Nada más lejos de la verdad. Tal como dice un proverbio tibetano: “Querer carne sin huesos y té sin hojas es mucho pedir”. Mientras tengamos una mente, habrá pensamientos y emociones.

Al igual que el océano tiene olas y el sol emite rayos, el resplandor mismo de la mente son sus pensamientos y sus emociones. El océano tiene olas, pero no se siente especialmente molesto por ellas. Las olas son la naturaleza misma del océano. Surgen olas, pero ¿adónde van? De vuelta al océano. ¿Y de dónde vienen? Del océano. Del mismo modo, los pensamientos y las emociones son el resplandor y la expresión de la naturaleza misma de la mente. Surgen de la mente, pero ¿dónde se disuelven? En la mente. Sea cual sea el pensamiento o la emoción que surja, no lo consideréis como un problema; si no reaccionáis impulsivamente, si sois pacientes, volverá a asentarse de nuevo en su naturaleza esencial.

Cuando contáis con esta comprensión, los pensamientos no hacen sino embellecer vuestra práctica. Sin embargo, si no comprendéis lo que son intrínsecamente _el resplandor de la naturaleza de vuestra mente _, entonces se convierten en semilla de la confusión. Así pues, adoptad una actitud espaciosa, abierta y compasiva hacia vuestros pensamientos y emociones, ya que vuestros pensamientos, de hecho, forman parte de vuestra familia, la familia de vuestra mente. Sed ante ellos, tal como solía decir Dudjom Rimpoché, “como un anciano sabio viendo jugar a un niño”.

Muchas veces nos preguntamos qué podemos hacer respecto a la negatividad o a ciertas emociones perturbadoras. En la espaciosidad de la meditación, es posible contemplar pensamientos y emociones con una actitud completamente libre de prejuicios. Cuando vuestra actitud cambia, la atmósfera de vuestra mente cambia por completo, incluso la naturaleza misma de vuestros pensamientos y emociones. Cuando vosotros os volvéis más afables, ellos también lo hacen; si no tenéis problemas con ellos, ellos tampoco los tendrán con vosotros.

Por consiguiente, sean cuales fueren los pensamientos y emociones que se presenten, dejadlos surgir y desvanecerse como las olas del océano. Cuando os sorprendáis pensando en algo, dejad que ese pensamiento surja y se desvanezca sin ninguna coerción. No os aferréis a él, no lo alimentéis ni os complazcáis en él; no os quedéis enganchados a él ni tratéis de solidificarlo. No sigáis vuestros pensamientos, ni tampoco los invitéis. Sed como el océano que contempla sus propias olas o como el cielo que mira desde lo alto las nubes que lo cruzan.

Pronto descubriréis que los pensamientos son como el viento: vienen y van. El secreto consiste en no “pensar” sobre los pensamientos, y permitir que circulen por vuestra mente, mientras ésta se mantiene libre de comentarios mentales.

En la mente ordinaria percibimos la corriente de los pensamientos como una sucesión continua e ininterrumpida, pero en realidad no es así. Descubriréis por vosotros mismos que entre cada pensamiento se produce un intervalo. Cuando el pensamiento precedente ya ha pasado y el pensamiento siguiente aún no ha surgido, siempre se da un espacio en el cual Rigpa, la naturaleza de la mente, se manifiesta. Así pues, el objeto de la meditación es permitir que los pensamientos se ralenticen para que ese espacio se haga cada vez más evidente.

EL LIBRO TIBETANO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE
De Sogyal Rimpoché
Ediciones Urano, pags.: 109 - 114

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